jueves, 15 de diciembre de 2016

El Estallido de un Petardo o el Azotón de una Puerta


Lo despertó un fuerte ruido, como el estallido de un petardo o el azotón de una puerta, pero Mikael supo instantemente que no se trataba de ninguno de los dos. Ese no era otro que el sonido que su corazón generaba al presentir otro imperio más caer. Aun acostado en su cama, vio las luces de los disturbios y revolución entrar para la ventana para llegar a bailar hasta el techo del cuarto. A juzgar por el nivel de bullicio proveniente del exterior, aun le quedaban unas cuantas horas para actuar de manera calculada antes de que las cosas escalaran a un punto extremista, al igual que lo había hecho en todas las otras ocasiones, desde Persia hasta Britania. Tendría que salir en cuestión de un par de horas de la ciudad. Con toda su experiencia acumulada, llegó a la conclusión de que todos los imperios, por más gloriosos que fueran, estaban hechos, en su núcleo, de piedra y cuerpos, los cuales siempre caían de una manera muy similar, y era mucho menos tedioso ver esto pasar desde fuera que estando al centro del suceso. Sin negarse a sí mismo la pereza que la situación le inspiraba, repasó en su cabeza el plan de acción a tomar. Preparándose para sentir la antigua memoria muscular activarse, otro instinto más reciente se apoderó de él y estiró su brazo al otro lado de la cama para alcanza a su querida Esther quien no se encontraba ahí. Con el quiebre de un profundo sudor frio en su frente, todo plan o prioridad que hubiera tenido se borró dejando su mente totalmente en blanco unos segundos para luego ser invadida por un único pensamiento. Debía encontrar a su amada, pues tal vez él no corría ningún peligro, pero ella los corría todos.

                Salió corriendo a la calle. El escenario ahí era un poco caótico, pero aún conservaba cierta consistencia; Las personas que se apresuraban por las calles iban en una sola dirección, ya se escuchaban gritos adornar el aire, pero aún eran distinguibles como voces individuales, varías prendas y artículos personales se esparcían por el suelo, sin embargo no había señales obvias de saqueo. Mikael se quedó plantado unos minutos inspeccionando con cuidado cada persona que pasaba huyendo a su lado en busca de Esther. Escuchó con atención todos los gritos intentando captar su peculiar timbre. Giró en su lugar un par de veces con la vista fija al suelo y saltando entre cada objeto que ahí estaba hasta que un brillo captó su atención. Una bufanda dorada, un regalo entregado de él para ella, yacía extendida sobre la tierra unas dos calles delante de él. Mikael hundió su cara en la tela e inhaló profundamente. Entre el olor a tierra combinado con humo, tintes de olor a esencias de jazmín persistían. El aroma favorito de ella.

Cuando levantó la mirada, siguiendo la línea de construcciones a lo largo de la calle, pudo ver el palacio del emperador. Sus gigantescas paredes, que bajo otras circunstancias eran inmaculadamente blancas, en este momento se pintaban de la luz naranja de las llamas que poco a poco iban consumiendo las otras edificaciones, sirviendo como una especie de proyección de sus alrededores.

Era simple lógica asumir que su ubicación general se encontraba en esa dirección. El palacio estaba sumamente resguardado, sus puertas firmemente cerradas y, además, el emperador, su padre, vivía ahí.

                Indudablemente ver al hombre  quien le arrebató su pequeña hija y heredera tocar la puerta principal no iba a ser nada del gusto del soberano. En lugar de esa opción, optó en escabullirse por uno de los ductos de drenaje al lado del palacio que llevaban a la biblioteca del lugar. Se arrastró con rodillas y codos hasta toparse con una pequeña rendija desde la cual se filtraban tenues rayos de luz. Salió a la espalda de un gran librero, lo rodeo para salir hasta el centro de la habitación. Una única mesa vacía estaba ahí, sobre ella un gigantesco candelabro que se balanceaba lentamente de lado a lado con la mayoría de sus velas apagadas, en todo el alrededor se alzaban enormes libreros en los cuales los libros se apretujaban para caber dentro de ellos. Aquí, con este mismo escenario, fue en donde conoció a Esther.

                Mikael había llegado a los terrenos del emperador hace ya unos años. Sus guardias lo encontraron mendigando en las calles. Lo arrestaron culpándolo de presencia indecente, o tal vez para divertirse a expensas de un humilde viajero mal aventurado. Esa misma noche, en su celda, mientras dormía por primera vez bajo un techo formal, Mikael escuchó llegar a los guardias que lo capturaron al pasillo de las celdas. Asomó la cabeza entre los barrotes para mirarlos con más cuidado. Al pasar debajo de la única ventana que el pasillo tenía, un rayo de luz de luna iluminó sus uniformes. En ese momento, él pudo ver una insignia que reconoció de siglos atrás.

-Una pregunta, si ustedes me lo permiten.

 Le dijo a los guardias, quienes apresurando un poco el paso se dirigieron hasta su celda. Conforme se fueron alejando del claro de luna, sus rasgos se fueron perdieron. Fue hasta que estuvieron justo a su frente, cuando Mikael logró ver la sorpresa en sus caras.

                -Ese dialecto – dijo uno de ellos, colocando la punta de su arma fuertemente contra el suelo – pocos lo conocen y está prohibido para la gente común que lo habla. Solamente los miembros de la guardia lo podemos utilizar. Sin mencionar, claro, al emperador y su linaje. ¿Cómo es que tú, un extranjero, lo conoce?

-Disculpen mi osadía, pero es el único dialecto que relaciono con el símbolo que ustedes portan en sus uniformes.

Ambos se dirigieron la misma mirada al mismo tiempo.

Diversos personajes fueron a visitarlo para cuestionarlo en diferentes tópicos, todos hablando el mismo dialecto que él creyó era el único en ese lugar y portando en diferentes partes de sus vestimentas alguna variación del mismo símbolo que los guardias. Esto transcurrió durante días hasta que alguien de ellos, acompañado por aquellos dos guardias, lo sacaron de la celda para llevarlo al palacio. Ahí, tuvo una audiencia con el emperador.

                -Dicen mis hombres que sabes mucho a cerca de mi historia y linaje para ser un extranjero.

                Le dijo desde su trono, estático, sin mover ni una sola parte de su cuerpo más que sus labios.

                -Señor, si me permite explicarlo.

                -¿Cuál es el platillo tradicional de mi familia? – Le preguntó a Mikael sin dejarlo continuar.

                -El pie de moras silvestres mixtas, señor. Eso es lo que representa, de una manera un poco rudimentaria, el símbolo que portan todos sus servidores.

                A partir de ese momento, Mikael fue nombrado el historiador oficial del imperio. Su lugar de trabajo se limitaba a la librería, en donde revisaba todos los documentos históricos para poder avalarlos o corregirlos. Fue ahí, después de un día largo, en el que Esther entró por la puerta del lugar, cerrándola fuertemente detrás de ella. Tenía una sonrisa en su cara, como la que un niño tiene al darse cuenta que encontró el escondite perfecto después de haber realizado la travesura perfecta. En su mirada, Mikael detectó el resplandor de inocencia, curiosidad y algo más que hasta la fecha no ha logrado definir. Se sentaron en la misa los dos donde él fue cuestionado de una manera única por ella. Las preguntas iban aumentando en dificultad y en qué tan específicas fueran. Ninguno de los dos dejó de sonreír todo el día.

                Un único pasillo interior conectaba la biblioteca con la sala del trono. Grandes puertas de madera posicionadas a todo lo largo de ese pasillo llevaban a las otras cámaras del palacio. Fue de una de ellas de las que un guardia salió y disparó al instante en el que vio a Mikael. El proyectil se plantó en la parte trasera de su muslo. Su pierna vaciló unos segundos, estando a punto de caer, pero él apresuró el paso lo más que pudo. Extrañaba las flechas, eran mucho más fáciles de extraer que esta nueva especie de proyectiles.

                Al alcanzar la puerta al otro extremo, la cerró sin voltear a ver a la persona que continuaba disparando detrás de él. Rodeó el trono lentamente, sostenido su muslo con una mano. Asomó en la esquina del trono para ver al emperador sentado ahí inmóvil. El charco de sangre no llegaba muy lejos del cuerpo, pero era lo suficiente para ponerlo a dudar si aún tenía vida. Con unos segundos más de atención, logró ver como el pecho del emperador se hinchaba arrítmicamente.

                -Señor- le dijo Mikael poniendo una mano sobre su hombro- Su hija, no está conmigo. Su vida corre grave peligro si no la encuentro antes de que la situación crezca más.

                El emperador abrió lentamente sus párpados, dedicándole una mirada larga, como juzgándolo de algo o de todo. Lo que fuera, él no sería capaz de objetar. Su mano se levantó para apuntar con un solo dedo a la puerta principal, de donde vino el sonido de un fuerte golpe. Las barreras de madera que la resguardaban se movieron en ritmo conforme los estrellones fueron aumentando en frecuencia hasta que por fin cedieron y la puerta azotó abierta. Por ella entró Esther, con una antorcha en mano, encabezando a todos los demás de la horda. En sus ojos, Mikael pudo ver aquellos brillos de inocencia, curiosidad y de lo que nunca pudo nombrar hasta este preciso momento, en el que supo que era eran resplandor del bullicio y la revolución.